GRACIA SIN PREJUICIOS

POCO DESPUÉS, JESÚS DEJÓ LA PROVINCIA de Judea para regresar a Galilea. Había por lo menos tres maneras de ir. Una, por la ribera del Jordán, vía Jericó; otra, por la costa del Mediterráneo, vía Cesárea; y la tercera, por las llanuras centrales de Palestina, que atravesaban la provincia de Samaría. Pocos judíos escogían este camino, aunque era más corto, a causa de su enemistad con los samaritanos, quienes frecuentemente les negaban agua, comida y hospedaje. Jesús, guiado por su Padre, escogió este camino.
Tenía el anhelo de compartir el evangelio con los discriminados samaritanos. Jesús y sus acompañantes llegaron, cansados del camino, al pozo de Jacob, cerca del pueblo de Sicar. Fue allí donde Jesús tuvo la conversación con la mujer samaritana. Dios lo guió para compartir su carácter con esa pobre mujer, y con todos los habitantes del pueblo.
Tan grande era el amor de Cristo por esa mujer, que hizo varias cosas que salieron de las convenciones sociales de aquellos días. En primer lugar, se puso a conversar con una mujer. Ningún hombre decente debía dirigirse a una mujer en la vía pública. En segundo lugar, ningún hombre decente debía hablar con una mujer extraña a solas. En tercer lugar, ningún hombre decente debía hablar con una mujer de baja reputación moral. Además, existía el prejuicio de hablar con samaritanos, menos aun con una mujer samaritana.
Pero a Jesús le importaron muy poco esos prejuicios. Él había venido a revelar el carácter de Dios, y no podía ceder a discriminaciones y escrúpulos que separaban a las personas. Habló de la salvación a una pobre mujer que estaba agobiada por una vida de pecado. Para él, cumplir esta misión de mostrar la gracia de Dios era lo más importante. Era tan importante que, aparentemente, hasta se olvidó de comer y beber. De hecho, hablando del incidente, dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra» (Juan 4: 34).

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